La calle como espacio público. Por Everardo Flores Gómez

de Everardo Flores Gomez

“Si puedes cambiar una calle, puedes cambiar el mundo”.

Janette Sadik-Khan “Street Fight”

Hablar de “la calle”  significó para mi, desde muy pequeño, todo aquello que estaba fuera de mi casa.

Salir a la calle en mi niñez podía significar, literalmente,  salir a jugar en la calle una reta de frontón, de futbol o de tochito –según el deporte que en  esos momentos estuviera de moda- o ir al mercado, a la iglesia  o al parque.

Comento lo anterior sólo para establecer un antes y un después y plantear las preguntas de cómo y por qué  la calle dejó de ser considerada en nuestra percepción como parte del espacio público.

De manera casi imperceptible, como tantas cosas que nos ocurren en la vida, nuestra percepción de lo que llamamos “calle” fue cambiando, cuando  actualmente escuchamos o  leemos en los medios hablar de los acontecimientos que ocurren en “la calle” -principalmente crímenes, robos o hechos de tránsito- nos remitimos  a la calle como ese espacio de caos y conflicto por donde desearíamos no tener que pasar y no a ese espacio vital, accesible, de convivencia y de encuentro que debería caracterizar a los espacios públicos. Y esto que pudiera parecer una simple precisión en el lenguaje no es sino un reflejo en nuestra forma de nombrar las cosas ante la nada trivial ni casual transformación que han experimentado nuestras ciudades así como de las consecuencias negativas para quienes vivimos en ellas.

Si bien el término de “espacio público” ha sido utilizado por los académicos de muy diversas disciplinas desde hace décadas para referirse entre muchas otras cosas a espacios físicos,  a actores y dinámicas sociales o a procesos democratizadores,  no es sino hasta hace relativamente pocos años que dicho concepto de “espacio público” se ha instalado en el discurso político para tratar de reconfigurar la noción que la ciudadanía tiene de lo público y lo privado desde una perspectiva que obedece a los intereses de una minoría y por lo tanto es inequitativa y antidemocrática.

En el discurso político una aparente precisión de términos entre calle y espacio público no ha sido en realidad más que un intento de expulsar a las calles de la noción misma  del espacio público, colocándolas en un apartado distinto, violento, caótico, un espacio oscuro como el asfalto cuya única utilidad es la de conectar los “verdaderos” espacios públicos a través de vías de comunicación que deben ser anchas, rápidas y con el menor número de obstáculos posibles.

Pareciera que los funcionarios que autorizan y ejecutan esos grandes presupuestos para obras viales y migajas para transporte público e infraestructura peatonal hubieran nacido en coche o de plano hubieran olvidado que muchos de ellos cuando fueron niños jugaban en las calles o que de jóvenes tuvieron que usar el transporte público para ir a la escuela.

Entre quienes promovemos el uso de la bicicleta como medio de transporte y hacemos activismo ciudadano para recuperar nuestras calles como espacios de convivencia, denominamos a esta manera de ver la ciudad (a través del parabrisas) como la “visión cochista”.

El excesivo uso del automóvil ha venido a hacerle creer a muchas personas –por desgracia la mayoría de quienes desde hace décadas configuran los espacios públicos- que las calles no son otra cosa  que simples conectores entre la casa y el centro de trabajo, la escuela, la plaza comercial, el gimnasio o en su defecto el “espacio público” entendido como el parque y la plaza pública, a los que se llega a través de una burbuja de cuatro ruedas que opera como una extensión motorizada de la propia casa.

Debo precisar en este punto que  no considero que el fondo del problema sea la equivocada gestión de la movilidad motorizada, pues esto apenas es un síntoma de la grave  enfermedad social que padece México provocada por la profunda desigualdad social y la pobreza mal atendidas durante décadas.   Automóviles hay en todo el mundo no así sociedades democráticas con espacios públicos –incluidas las calles- seguros e incluyentes.

Por ahora baste explicar por qué la calle debe ser considerada parte integral del espacio público y cómo ello debe reflejarse en el discurso político pero sobre todo en la asignación presupuestal.  Es preciso dejar de  privilegiar la construcción de puentes vehiculares, pasos deprimidos, libramientos, arcos viales, distribuidores y en general la reposición de miles de kilómetros de carpeta asfáltica. Lo que las calles consideradas como espacios públicos requieren es la inversión urgente para ensanchar sus banquetas y sembrar árboles en ellas, instalar andadores y pasos peatonales, construir ciclovías, instalar mobiliario para peatones y ciclistas, promover la caminata y el uso de la bicicleta además de desincentivar el uso excesivo del automóvil a través de la implementación de  transporte público de calidad.

Finalmente reconocer las calles como espacios públicos también servirá para esperar algo más que la repavimentación de avenidas, la remodelación del parque de la colonia, el techado de alguna explanada o el repintado de las canchas cuando las autoridades se refieran a la recuperación de los espacios públicos.

 

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